Un Regalo de Navidad que Cambió Todo

Un Regalo de Navidad que Cambió Todo

This article is bilingual, with the original text in Spanish and the translation in English.

Nunca pensé que sostendría una kalimba, y mucho menos que haría música con ella. Pero aquí estoy, un año después de recibir este pequeño instrumento como regalo de Navidad en 2022. Déjame empezar desde el principio: me llamo Isabella y soy maestra de jardín de infantes en Nueva Jersey. Siempre me ha gustado la música, aunque estoy lejos de ser una profesional. Sé tocar la armónica, y tengo algunos conocimientos básicos de piano, lo suficiente para salir del paso, pero nada demasiado complejo. Cuando se trata de música, para mí se trata más de divertirse que de ser perfecta, y por eso me enamoré de mi kalimba casi de inmediato.


Todo comenzó cuando abrí una pequeña caja que me dio mi hermana Sofía en la mañana de Navidad. Sofía siempre tiene un talento especial para elegir el regalo perfecto: me conoce mejor que nadie. La caja estaba bellamente envuelta con papel rojo brillante y un lazo plateado. Cuando rompí el envoltorio, vi una sencilla caja de madera en su interior. La abrí y encontré una hermosa kalimba hecha a mano, descansando sobre un cojín de tela suave. Era diferente a todo lo que había visto antes, con su acabado natural de madera y sus filas de lengüetas metálicas.

"¿Una kalimba?" dije, mirando a Sofía, quien sonreía de oreja a oreja. "Esto es tan único. Nunca he tocado una antes".

"¡Sabía que te encantaría!", dijo Sofía. "Se llama piano de pulgar. Pensé que te divertirías con él, especialmente porque te encanta probar nuevos instrumentos. ¡Y es súper fácil de aprender!".

Ese día, después de que se abrieran todos los regalos y hubiéramos comido más galletas de Navidad de las que debíamos, me senté en la sala y comencé a experimentar con la kalimba. Al principio, estaba insegura. No tenía idea de lo que estaba haciendo, pero el suave sonido que salía al tocar las lengüetas era sorprendentemente satisfactorio. Me recordaba al sonido de los carillones de viento, suave, claro y calmante. Comencé a tocar notas al azar y pronto me encontré perdida en los sonidos. Era simple, pero tan hermoso.

La kalimba rápidamente se convirtió en parte de mi vida cotidiana. Llegaba a casa después de un largo día en el jardín de infantes, cansada pero feliz por haber pasado el día con mis pequeños estudiantes. Me encanta mi trabajo, pero seamos realistas, mantener el ritmo de un grupo de niños de cinco años llenos de energía no es tarea fácil. Había días en los que todo lo que quería hacer era tirarme en el sofá y tomar una siesta. Pero en lugar de eso, tomaba mi kalimba y comenzaba a tocar. Hay algo en el sonido que simplemente disuelve el estrés. Es ligero y etéreo, y parece que las notas flotan por la habitación, haciendo que todo sea un poco más brillante.

Mis estudiantes también notaron el cambio en mí. Un día, después de una tarde particularmente caótica de pintura con los dedos (lo que inevitablemente llevó a que hubiera pintura en las mesas, sillas y, de alguna manera, hasta en el techo), uno de mis estudiantes, Mateo, se acercó y me dijo: "Señorita Isabella, hoy parece que está muy feliz". Le sonreí, dándome cuenta de que tocar la kalimba se había convertido en mi forma secreta de recargarme. Me daba la energía para enfrentar lo que mis pequeños artistas me lanzaran, literal y figurativamente.

No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a llevar la kalimba a la escuela. Pensé, ¿por qué no compartir este maravilloso instrumento con mis estudiantes? Les encanta la música, y a mí me encanta compartir cosas que me traen alegría. Así que una mañana, durante el tiempo en círculo, saqué la kalimba y se la mostré. Sus ojos se abrieron llenos de curiosidad.

"¿Qué es eso, señorita Isabella?" preguntó Emma, con sus grandes ojos marrones llenos de curiosidad.

"Esto, amigos míos, es una kalimba", dije, sosteniéndola para que la vieran. "También se llama piano de pulgar. Se toca tocando estas pequeñas lengüetas de metal con los pulgares. ¿Quieren escuchar cómo suena?".

El aula se llenó de entusiastas "¡Sí!". Sonreí y comencé a tocar una melodía simple, solo algunas notas que había practicado en casa. La sala se quedó en silencio mientras el suave sonido llenaba el aire. Los niños estaban fascinados. Podía ver sus pequeñas caras relajarse, sus ojos siguiendo mis dedos mientras tocaba. En ese momento, el bullicio de la vida en el jardín de infantes parecía desaparecer, reemplazado por una atmósfera tranquila y casi mágica.

Cuando terminé de tocar, los niños estallaron en aplausos. "¡Fue hermoso, señorita Isabella!" dijo Sofía (no mi hermana, sino una de mis estudiantes).

"Gracias, Sofía", dije sonriendo. "¿Quieres intentarlo?"

Sus ojos se iluminaron, y pronto estábamos turnándonos para tocar la kalimba. Los niños estaban fascinados por lo fácil que era hacer música. Incluso los estudiantes más tímidos querían un turno. Fue increíble ver cómo algo tan simple podía traer tanta alegría. La kalimba se convirtió en una parte regular de nuestro tiempo en círculo. Tocábamos juntos, a veces inventando canciones, otras simplemente disfrutando de los sonidos relajantes. Se convirtió en una forma de relajarnos después de una mañana ocupada, de respirar profundamente y estar en el momento.

También comencé a llevar la kalimba a las reuniones familiares. Mi familia es grande, ruidosa y llena de amor, y siempre estamos buscando una excusa para celebrar algo. Ya sea un cumpleaños, una festividad o simplemente un domingo por la tarde, siempre hay música, risas y mucha comida. La kalimba agregó un nuevo elemento a nuestras reuniones. Me sentaba en la esquina de la sala, tocando las lengüetas mientras mis sobrinos y sobrinas bailaban alrededor. Mi abuelo, que siempre ha sido amante de la música, estaba especialmente intrigado por ella.

"Isabella, ese sonido es tan hermoso", dijo una noche, mientras estábamos sentados en el porche después de la cena. "Me recuerda a la música que solíamos escuchar en el pueblo cuando era niño. Simple, pero llena de alma".

Le entregué la kalimba. "¿Quieres intentarlo, abuelo?"

Él se rió, pero tomó el instrumento. Sus manos, desgastadas por años de trabajo duro, se movieron suavemente sobre las lengüetas. Tocó algunas notas, y su rostro se iluminó con una sonrisa. "Ah, es más fácil de lo que pensaba", dijo. Nos quedamos allí un rato, turnándonos para tocar, mientras el suave sonido se mezclaba con el susurro del viento a través de los árboles. Fue un momento que siempre atesoraré, compartir música con mi abuelo, sentirme conectada no solo con él, sino con la historia de nuestra familia.

La kalimba también se convirtió en mi compañera cuando necesitaba un momento para mí misma. Aunque me encanta estar rodeada de gente, también valoro mi tiempo a solas. Hay algo muy pacífico en sentarse junto a la ventana de mi apartamento, con una taza de té a mi lado, y simplemente tocar lo que me venga a la mente. Las notas no tienen que ser perfectas, a veces ni siquiera son una canción real, pero no importa. Es el acto de crear, de dejar que mis pulgares se muevan sobre las lengüetas y ver a dónde me lleva la música. Es mi manera de relajarme, de dejar de lado las preocupaciones del día y simplemente estar en el momento.

Incluso he comenzado a escribir pequeñas canciones con la kalimba. Son simples, nada demasiado elaborado, pero me hacen feliz. Una de mis favoritas es una canción de cuna que escribí para mi sobrina, Lucía. Ella es solo un bebé, y a veces tiene problemas para dormir. Una noche, mientras la cuidaba, tomé mi kalimba y comencé a tocar una suave melodía. Tarareé mientras tocaba, inventando palabras sobre la marcha, y antes de darme cuenta, los ojos de Lucía se cerraban y su respiración se volvía constante. Fue un momento tan dulce, y sentí un orgullo al haber creado algo que pudiera brindarle consuelo.

La kalimba ha traído tanta alegría a mi vida de formas que nunca esperé. No es solo un instrumento, es una conexión. Una conexión con mis estudiantes, con mi familia, conmigo misma. Es un recordatorio de que la música no tiene que ser complicada para ser hermosa. Puede ser tan simple como algunas notas tocadas con amor. Y tal vez por eso amo tanto la kalimba. No se trata de perfección ni de actuaciones, se trata de compartir, de sentir, de estar presente.

Mirando hacia atrás, estoy muy agradecida con Sofía por darme este regalo. Ella sabía, incluso antes que yo, que la kalimba era exactamente lo que necesitaba. Me ha ayudado a encontrar momentos de paz en medio del caos de la vida cotidiana. Me ha acercado a las personas que amo. Y me ha recordado la alegría que viene de hacer música, sin importar cuán simple sea. Así que aquí estoy, un año después, todavía tocando mi kalimba, todavía encontrando nuevas formas de compartir su hermoso sonido con el mundo. Y no lo cambiaría por nada.

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The following is an English translation, which may contain improper expressions or errors. (Powered by Deepl.com

I never thought I would hold a kalimba, let alone make music with it. But here I am, one year after receiving this little instrument as a Christmas gift in 2022. Let me start at the beginning: my name is Isabella and I am a kindergarten teacher in New Jersey. I have always loved music, although I am far from being a professional. I can play the harmonica, and I have some basic piano skills, just enough to get by, but nothing too complex. When it comes to music, for me it's more about having fun than being perfect, and that's why I fell in love with my kalimba almost immediately.

It all started when I opened a little box my sister Sofia gave me on Christmas morning. Sofia always has a special talent for choosing the perfect gift: she knows me better than anyone else. The box was beautifully wrapped with bright red paper and a silver bow. When I tore open the wrapping, I saw a simple wooden box inside. I opened it and found a beautiful handmade kalimba resting on a soft cloth cushion. It was unlike anything I had seen before, with its natural wood finish and rows of metal reeds.

“A kalimba?” I said, looking at Sophia, who was grinning from ear to ear. “This is so unique. I've never played one before.”

“I knew you'd love it!” said Sofia. “It's called a thumb piano. I thought you'd have fun with it, especially since you love to try new instruments. And it's super easy to learn!”.

That day, after all the presents were opened and we had eaten more Christmas cookies than we should have, I sat down in the living room and started experimenting with the kalimba. At first, I was unsure. I had no idea what I was doing, but the soft sound that came out when I played the reeds was surprisingly satisfying. It reminded me of the sound of wind chimes, soft, clear and soothing. I started playing random notes and soon found myself lost in the sounds. It was simple, but so beautiful.

The kalimba quickly became part of my daily life. I would come home after a long day at kindergarten, tired but happy to have spent the day with my little students. I love my job, but let's face it, keeping up with a group of energetic five-year-olds is no easy task. There were days when all I wanted to do was lay on the couch and take a nap. But instead, I would grab my kalimba and start playing. There's something about the sound that just melts away the stress. It's light and ethereal, and it seems like the notes float around the room, making everything a little brighter.

My students noticed the change in me, too. One day, after a particularly chaotic afternoon of finger painting (which inevitably led to paint on tables, chairs, and somehow even the ceiling), one of my students, Mateo, came up to me and said, “Miss Isabella, you seem to be very happy today.” I smiled at him, realizing that playing the kalimba had become my secret way of recharging myself. It gave me the energy to face whatever my little artists threw at me, literally and figuratively.

It wasn't long before I started taking the kalimba to school. I thought, why not share this wonderful instrument with my students? They love music, and I love sharing things that bring me joy. So one morning during circle time, I pulled out the kalimba and showed it to them. Her eyes widened full of curiosity.

“What is that, Miss Isabella?” asked Emma, her big brown eyes full of curiosity.

“This, my friends, is a kalimba,” I said, holding it up for them to see. “It's also called a thumb piano. You play it by touching these little metal reeds with your thumbs - do you want to hear what it sounds like?”

The classroom filled with enthusiastic “Yes!”. I smiled and began to play a simple tune, just a few notes I had practiced at home. The room fell silent as the soft sound filled the air. The children were fascinated. I could see their little faces relax, their eyes following my fingers as I played. At that moment, the hustle and bustle of kindergarten life seemed to disappear, replaced by a calm, almost magical atmosphere.

When I finished playing, the children burst into applause. “That was beautiful, Miss Isabella!” said Sofia (not my sister, but one of my students).

“Thank you, Sofia,” I said, smiling. “Would you like to try it?”

Her eyes lit up, and soon we were taking turns playing the kalimba. The kids were fascinated by how easy it was to make music. Even the shyer students wanted a turn. It was amazing to see how something so simple could bring so much joy. The kalimba became a regular part of our circle time. We would play together, sometimes making up songs, sometimes just enjoying the soothing sounds. It became a way for us to relax after a busy morning, to breathe deeply and be in the moment.

I also started bringing the kalimba to family gatherings. My family is big, loud and full of love, and we are always looking for an excuse to celebrate something. Whether it's a birthday, a holiday or just a Sunday afternoon, there's always music, laughter and lots of food. The kalimba added a new element to our gatherings. I would sit in the corner of the living room, playing the reeds while my nieces and nephews danced around. My grandfather, who has always been a music lover, was especially intrigued by it.

“Isabella, that sound is so beautiful,” he said one night as we sat on the porch after dinner. “It reminds me of the music we used to listen to in town when I was a kid. Simple, but full of soul.”

I handed him the kalimba. “Want to give it a try, Grandpa?”

He laughed, but took the instrument. His hands, worn from years of hard work, moved gently over the reeds. He played a few notes, and his face lit up with a smile. “Ah, it's easier than I thought,” he said. We stood there for a while, taking turns playing, as the soft sound mingled with the whisper of the wind through the trees. It was a moment I will always treasure, sharing music with my grandfather, feeling connected not only to him, but to our family's history.

The kalimba also became my companion when I needed a moment to myself. While I love being around people, I also value my alone time. There is something very peaceful about sitting by my apartment window, with a cup of tea by my side, and just playing whatever comes to mind. The notes don't have to be perfect, sometimes they're not even a real song, but it doesn't matter. It's the act of creating, of letting my thumbs move over the reeds and seeing where the music takes me. It's my way of relaxing, of letting go of the worries of the day and just being in the moment.

I've even started writing little songs on the kalimba. They are simple, nothing too elaborate, but they make me happy. One of my favorites is a lullaby I wrote for my niece, Lucia. She's just a baby, and sometimes she has trouble sleeping. One night, while babysitting her, I picked up my kalimba and started playing a soft melody. I hummed as I played, making up words as I went along, and before I knew it, Lucia's eyes were closing and her breathing became steady. It was such a sweet moment, and I felt a sense of pride in having created something that could bring her comfort.

The kalimba has brought so much joy into my life in ways I never expected. It's not just an instrument, it's a connection. A connection to my students, to my family, to myself. It's a reminder that music doesn't have to be complicated to be beautiful. It can be as simple as a few notes played with love. And maybe that's why I love kalimba so much. It's not about perfection or performances, it's about sharing, it's about feeling, it's about being present.

Looking back, I am so grateful to Sofia for giving me this gift. She knew, even before I did, that kalimba was exactly what I needed. It has helped me find moments of peace amidst the chaos of everyday life. It has brought me closer to the people I love. And it has reminded me of the joy that comes from making music, no matter how simple. So here I am, a year later, still playing my kalimba, still finding new ways to share its beautiful sound with the world. And I wouldn't trade it for anything.

 

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